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"El Viaje de Bermúdez"

Mención Honrosa:
María José Hurtado de Chile.

Nadie quería a Bermúdez. Vivía envuelto en un distante aire de suficiencia. Tenía un altísimo concepto de sí mismo que lo hacía mirar en menos a todos sus compañeros de trabajo. Lamentablemente, este concepto no era compartido por nadie más. Cuando él llegaba todas las conversaciones cesaban. Por eso fue el último en enterarse que la empresa, con motivo de su vigésimoquinto aniversario, sortearía entre sus empleados un pasaje a Costa Rica con estadía incluida. Las secretarias, soñadoras, hablaban entre ellas de cómo gastarían sus días bajo el sol del Caribe. Su entusiasmo era tal que olvidaron callarse cuando se les acercó. Esperaba con ansias el sorteo para ver la decepción en la cara de los perdedores. Así aprenderán estos mediocres a tener los pies puestos en la tierra-pensó. Jamás imaginó que él sería el afortunado que tendría puestos los pies a kilómetros de altura.

 

Un día llegó a su oficina más temprano que de costumbre y alcanzó a sorprender carreritas ansiosas por los pasillos. Meneando la cabeza con desdén se acercó a su cubículo para encontrarse de frente con un gran cartel que rezaba “Feliz viaje Bermúdez”. Un semicírculo de secretarias, juniors y colegas lo miraban con los ojos brillantes de alegría. El jefe le hizo entrega de su premio y empezó la fiesta. Alguien descorchó una botella. Marjorie, de Contabilidad, abrió los paquetes de ramitas saladas, mientras entre todos corrían los escritorios para bailar. Lenta y amargamente, Bermúdez se dio cuenta de que no se alegraban por él sino que por su partida. Sintió odio hacia esa turba ruidosa, pensó incluso en rechazar ese viaje y negarles el placer de su ausencia. Luego lo pensó mejor y fue entonces cuando planeó su venganza. Se iría, sí, y volvería cargado de fotos de esos parajes lejanos que sólo él podría conocer. La envidia en los ojos de todos sería su justa revancha. Los bombardearía con megapixeles de paraísos remotos hasta que tuvieran que decir “Qué suerte la de Bermúdez”.

Pidió un día de vacaciones, el primero en muchos años. Tomó el dinero ahorrado de sus aguinaldos (nunca celebró un dieciocho ni compró un regalo de Navidad) y fue al Megamarket. Ahí eligió una Olympics S340 Platinum, compacta, liviana, de 8,2 megapixeles y resolución de 3456x2304. Era perfecta para traer fotos nítidas como la realidad misma y hacer un buen powerpoint que apabullara a toda esa tropa de ineptos.

Llegó el día de su partida y no pudo evitar que el departamento de Finanzas completo lo fuera a dejar al aeropuerto. Al pasar por Policía Internacional vio con el rabillo del ojo los indisimulados gestos de alegría del personal. Ya era una realidad: Bermúdez se iba por dos semanas.
Al bajarse en San José una bocanada de aire hirviente y húmedo golpeó su cuerpo esmirriado, acostumbrado al aire frígido y aséptico de la oficina, empapándole la camisa con aureolas de sudor. Secándose el bigotito ralo con un pañuelo, abordó el minibús que lo llevaría a las principales playas de Costa Rica. Fue a Playa Hermosa, Playa Jacó, Montezuma. Lo picaron las purrujas y los mosquitos, lo asquearon las grandes iguanas indolentes, lo mareó el sol abrasador. Pero su proyecto seguía en pie. En cada lugar iba a la playa y le pedía a algún gringo que le tomara una foto. El improvisado fotógrafo miraba con cierta repulsión ese cuerpecito pálido y lampiño llagado de picaduras, ese rostro afilado enarbolando una semisonrisa crispada que más parecía un espasmo. Y tomaba la fotografía, que lograba ser hermosa gracias a la explosión de turquesas del mar, a las flores reventándose en rojos y fucsias, a las palmeras esmeralda. Bermúdez era una coma gris en esa escritura multicolor. Una vez obtenido su dudoso trofeo, se iba al hotel e inmóvil bajo el aire acondicionado saboreaba por anticipado su merecida venganza.

 

Ya casi al final de su recorrido vio algo que cambiaría su vida. Fue en Puerto Viejo, en la terraza de su hotel. Un mono se descolgó de una palmera, provocando una serie de grititos de admiración y evidentes muestras de interés en el resto de los pasajeros. Atento, tomó nota. Los animales, que él consideraba como molestos autómatas peludos, causaban una fuerte respuesta emocional en la gente. Tenía que obtener fotos de esos animales como fuera. En el lobby del hotel vio un folleto del Parque Nacional Cahuita, con un enorme mono cariblanco en la portada. Sin pensarlo dos veces contrató el tour.

Al día siguiente un Bermúdez silencioso y apestando a repelente se subió a la minivan. Nadie se sentó a su lado, nadie le habló. Se bajó donde había que bajarse y fotografió a conciencia las ardillas, las iguanas, las mariposas azules y hasta un perezoso. Una manada de monos cariblancos se acercó al grupo. Apuntó entonces su reluciente cámara hacia el que parecía ser el líder. Antes de apretar el obturador el animal se abalanzó ágilmente sobre él, y de un tirón le arrebató su tesoro de las huesudas manos.

En un instante Bermúdez perdió su máquina, portadora absoluta de su sueño de venganza. Gritó, saltó, pateó bajo la mirada impasible del primate. El cariblanco manipuló la cámara. El hombre detuvo sus saltos, sorprendido por la luz del flash. El mono lo miró a los ojos, chilló, dejó caer la cámara y se perdió en la selva.

Bermúdez se abalanzó sobre su precioso artefacto herido irreversiblemente en algún delicado engranaje y alcanzó a ver la última foto tomada antes de que la pantalla se fuera a negro. Era él como nunca se había visto, odioso, mezquino, con los finos anteojitos enmarcando unos ojos vacíos, la boca abierta, un áspero autómata lampiño. En un fogonazo de lucidez entendió lo que los demás veían en él. Y por primera vez en cuarenta años, Juan Cristóbal Bermúdez Ocaranza lloró.

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