ESTAMOS PROCESANDO SU SOLICITUD
En LAN.com usted elige su itinerario y
la tarifa que más le conviene.
ESTAMOS PROCESANDO SU SOLICITUD
En LAN.com usted elige su itinerario y
la tarifa que más le conviene.
|
"Trajes Polacos" Primer Lugar: Dice una leyenda que hay un hotel en Varsovia, en la Stare Miasto o ciudad antigua, donde desde una habitación pequeña se ven cosas increíbles: el paso de tropas cansadas, gente pequeñita cantando en la calle y brindando con vodka, perros rojos que andan en círculos y un sastre que vende trajes que sólo pertenecieron a héroes, tan abundantes aquí en Polonia. Estoy en el tren camino a Lodz, y leo lo que les dije antes en un artículo del Dziennik. Podría haber ido a Cracovia, a ver el Vístula desde las murallas ventosas, el ghetto todavía exponiendo su negra historia o las bibliotecas medievales atestadas de monjas y novicios. Pero me voy a la ciudad del cine, el viejo Piotrek me llamó desde su barrio de Widzew. Me mostrará la tierra de Wajda y Polanski, la ciudad que guarda como emblema sus fábricas vacías, sus barrios descascarados y sus racimos de jóvenes desesperanzados y aburridos. Los pequeños poblados se suceden a la vera de las vías del ferrocarril, la gente esperando con su heno el paso del tren. Algunos saludan con sus mejillas rojas que desafían el frío. Otros esperan en sus carros desvencijados, los caballos resoplan y el vapor le tapa las cabezas. Sigo leyendo el diario y me detengo en una historia, un relato entrañable y triste. Una historia sin héroes, donde todos pierden, una injusticia podría decirse tal vez, o un triste error, llegado el caso. Se refiere a una de las primeras causas penales de la democracia. Muchas de ellas originadas en tragedias del anterior sistema paquidérmico. En un pequeño pueblo cerca de Katowice una mujer le pide a su marido, durante los años comunistas, que vaya a buscar leche para su pequeño bebé que no deja de llorar. El hombre va en bicicleta hasta el almacén. Allí espera unos minutos hasta que termine de ser atendido por la encargada, una mujer sólida y callada, un soldado borracho y gritón. Entran unos compañeros del soldado gritando y haciendo bromas pesadas en la pequeña despensa. El hombre de la leche al que podemos llamar Lech, pide perdón y hace su pedido. Los soldados se enojan y lo empujan y dicen que ellos van a comprar cerveza primero, que espere su turno. El dice que está antes que ellos. Ellos dicen que se calle y que respete sus uniformes. La discusión se enciende y comienza una lucha entre Leszek* y los soldados. El alboroto llega a oidos de la policía militar que estaba de ronda. Leszek termina golpeado en la caja de un camión y es puesto en una celda en una ciudad cercana. La bicicleta esperó dos días a su dueño en la puerta de la despensa. Nadie hacía comentarios de lo que había pasado. La mujer de Leszek buscó a su marido por el pueblo, llorando y maldiciendo. Pasaron diez años. Leszek volvió a su pueblo desde su confinamiento en algún lugar de Rusia. La democracia comenzaba a dar sus primeros pasos. Golpeó a la puerta de la que fuera su casa. Esperó unos momentos, se escuchaba una radio con música de violines y acordeones. Un hombre abrió la puerta; era el segundo esposo de -llamémosla ahora Gosia, como tantas otras en el centro de Polonia- un carpintero de modales suaves que había reemplazado a Leszek con el paso de los años. Leszek saludó, se presentó –esto consta en sus declaraciones posteriores- miró la casa, reconoció detalles y desconoció el nuevo olor que la habitaba, como a aserrín y barniz al mismo tiempo. Respiró profundo, sollozó con fuerza unos instantes, tomó uno de los utensilios del hogar para arrimar el carbón y golpeó en la cabeza al carpintero, que sorprendido, murió con los ojos abiertos (por eso vamos a llamarlo Mirek de ahora en más). Leszek: afectuoso por Lech. Leszek se entregó de inmediato a las autoridades, y estuvo dos años esperando un juicio. El tren se detiene en Brzeziny. Sube una familia con bolsos. Al padre le falta una pierna. El niño más pequeño lleva un anorak negro. Su pelo es rubio, casi blanco, y va comiendo una barra de chocolate. La madre grita el clásico przepraszam! para que le hagan paso por el pasillo angosto. El juicio de Leszek por homicidio fue muy corto. Cuando el juez Kucharczyk pidió el relato de los hechos, Leszek contó lo siguiente: que luego de diez años de injusta prisión, sólo quería ver a su mujer y a su hijo y sacarse las botas junto al hogar; que le abrió la puerta un hombre a quien él no conocía; que empezó a mirar la casa recordando cosas y desconociendo otras. Que entre las cosas que vio, una lo volvió loco, era una foto en un marco de madera sobre una repisa y no pudo contenerse. La foto era de Mirek entrando a una iglesia vistiendo un traje –el único traje de Leszek, que había heredado de su padre- y que no pudo resistirlo. Que un hombre se casara con su traje. El traje de su padre. El tren aminora la marcha y el paisaje campestre se vuelve tenuemente urbano, hasta quedar ceñido a callejones y túneles, puentes y avenidas. Ni Leszek ni Mirek habían estado en el hotel de Varsovia desde cuya ventana se ve el sastre que vende trajes de héroes. Yo pienso de qué manera se pliega el tiempo, y como algunos instantes marcan toda una existencia. El tren y su orquesta de chirridos llega a Kaliska, la estación de Lodz. Espero que desciendan los estudiantes, los trabajadores y las viejitas con sus bolsas y pañuelos. El niño pequeño de anorak negro me sonríe y se pasa la lengua por los labios manchados de chocolate. Yo doblo el diario y lo meto en mi mochila. Desde el andén, Piotrek me saluda, sonríe y se dirige a buscar el auto. Me llevará a tomar cerveza y me contará por enésima vez -mientras me palmea la espalda- el chiste del tipo que cavaba hoyos a domicilio. Ver otros cuentos ganadores. |