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"Piola"
Tercer Lugar:
Raúl Torres de Chile.
"Mi padre es un hombre rudo, y le cuesta mucho expresar afecto, su invitación a Buenos Aires era su forma de decirme “te felicito por tu título de ingeniero”.
Yo ya era grande, y viajar con el suele ser un poco complicado, tiene sus propias reglas y es difícil de convencer, incluso de pequeñas cosas, como que viajar con la tarjeta de crédito es más seguro y cómodo que con efectivo. Pero quizás esta sería la última invitación, y no iba a desperdiciar un buen viaje discutiendo con el.
Argentina estaba pasando por uno de sus peores momentos, la economía estaba por el suelo, nunca vimos tanto mendigo por sus calles. Por lo tanto, el tipo de cambio era un sueño para nosotros los chilenos.
Mi viejo como siempre, se dirigió al barrio donde se encuentran las casa de cambio, con una economía así, le convenía cambiar a diario, pero ese día no habían billetes grandes, y debíamos hacer varias compras, por lo que mi padre salió de la caja con un turro enorme de billetes, que sumados a los pesos chilenos, se volvían algo incomodo de manejar. Rápidamente se consiguió unos elásticos, y de una manera poco prolija pero eficaz, logró fabricar un solo montón con todos los billetes.
El vestía una chaqueta con unos enormes bolsillos, por lo que no le fue difícil guardar el paquete, y pasar inadvertido.
Una de sus reglas es siempre pasar piola, confundirse entre la gente, algo un poco difícil para un hombre de metro ochenta y cinco, pero en fin. Con ropas mas bien sencillas, nos dirigimos primero al mercado de las pulgas que hay en San Telmo, a buscar esos números de la revista “Humor” que le faltaban.
La miseria también había tocado a San Telmo, los puestos vendían de todo, no tanta antigüedad como antes, la gente además se veía triste, y el hambre se respiraba en toda la plaza, se apreciaba el esfuerzo por mantener la dignidad en el vestir, pero la crisis apocaba el brillo en la mirada de viejos y niños de la marea de gente que atestaba el lugar.
Al rato de andar y preguntar, por fin encontramos las revistas, eran como quince, las revisé que estuvieran en buen estado, y mi padre procedió a cancelar.
Metió su mano en la chaqueta, y mientras con un dedo movía un elástico, con el otro afirmaba el paquete de billetes, procedimiento que no le dio buen resultado, así que de manera reticente asomó un poco más el turro, y ahora con las dos manos intentó sacar el valor de la compra.
En ese instante, alguien puso el freno al reloj del mundo, de alguna manera recuerdo esos segundos como eternos..
El turro en las manos de mi viejo pareció adquirir vida, y como un esclavo rompiendo sus cadenas, ayudado quizás por los elásticos a manera de resortes, salto de una mano de mi padre a la otra, y mientras hacia esto se elevaba más y más, y cuando se encontró por sobre la cabeza de todos nosotros, explotó como un fuego artificial de múltiples colores.
Por el aire se expandió generosa, una nube con ciento de caras serias de próceres de la patria, perplejos de la circunstancia, en la que se veían envueltos. Una plaza de San Telmo estupefacta ante este derroche de fantasía, donde cada billete sacaba una ventaja asombrosa de las corrientes ascendentes, para maximizar su vuelo.
Y mi viejo que aleteaba inútilmente, como espantando un enjambre de riqueza, que venía a hacer ostentación al lugar menos indicado.
La plaza se paralizó, no recuerdo ni un sonido ambiental, como si el mundo entero hubiera estado esperando por ese momento, incluso el cielo se abrió, y el cortinaje de nubes dio paso al sol para hacer más evidente el bochornoso momento.
Comenzaron así, cada pedazo de papel, a caer lentamente al piso, tomándose su tiempo, como disfrutando ese inesperado sol, sin importar su denominación, fueron aterrizando uno a uno sobre ese viejo embaldosado de la Plaza de San Telmo.
Mientras tanto, mi padre y yo, atónitos sin mover un músculo, con los ojos desorbitados memorizábamos la posición de cada aterrizaje, y al mismo tiempo vigilábamos el más mínimo movimiento del enemigo (o sea, el resto del mundo).
Cuando el último billete se aburrió de hacernos burla en el aire, rápidamente comenzamos a recoger nuestra cosecha de miedo, y solo cuando terminamos de levantar el último rebelde, la plaza recuperó el aliento, alguien le subió el volumen a la vida y la gente empezó a moverse.
Mi padre llenó sus grandes bolsillos con los desordenados billetes, pagó sus revistas, nos miramos, y sin decir palabra alguna, nos escabullimos rápidamente entre la muchedumbre.
Más tarde, al llegar al hotel, ya calmados de nuestra paranoica experiencia, contamos el dinero y comprobamos con alivio que no faltaba un peso, pero recordando los pensamientos que nos asaltaron en ese momento eterno, descubrimos que ese día salimos con los bolsillos llenos de billetes, pero por alguna razón que todavía no comprendo, volvimos con los bolsillos llenos de vergüenza.
Mi padre es un hombre rudo, pero sabe viajar. Por el mismo precio fuimos a Buenos Aires, e hicimos un recorrido por el interior....
...de nosotros mismos."
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